Pequeña biografía

Nací en la madrugada del 8 de enero de 1968, en el barrio madrileño de Chamberí. En el sorteo de familias, me tocó el Gordo.

De mi infancia, recuerdo los gorriones ateridos patinando sobre los charcos de hielo a la sombra de los plátanos. Recuerdo un pasillo larguísimo y oscuro en cuyo fondo se agazapaba un pelotón de monstruos, y donde mis hermanos y yo corríamos con unos patucos de punto que nos tejía mi madre y que resbalaban al huir. Recuerdo la tapia del convento frente a casa. Desde la ventana se veía el interior, donde nunca se movía un alma. Recuerdo un libro de magia encuadernado en tela que tenía mi abuelo en su biblioteca, y que yo hojeaba devorando los polvorones que compraba mi abuela en el mercado, los mejores que jamás he comido, con un sabor satinado que acariciaba la lengua. Recuerdo muchas cosas más de aquel planeta salvaje y libre, que añoro y al que ahora regreso a través de los ojos de mis hijos.

Mis padres nos viajaron, a mis hermanos y a mí, desde pequeños. Me inyectaron en las arterias esa heroína, la pasión geográfica de Chatwin, de la que nunca he podido zafarme y que confieso con pudor. Me contaba Umbral, en una entrevista que tuve ocasión de hacerle, que una jovencita y requemada Françoise Sagan ('Bonjour tristesse') le soltó un "Ah, ¿pero usted todavía viaja?" a un pesado que le colocó su viaje. Viajar es hoy un rasgo de inocencia. No es para cosmopoli-urbanitas requemados. Y no cura, como algunos creen, los nacionalismos inflamados. Al contrario: alimenta al monstruo.

Comencé a estudiar ingeniería, hasta que acepté que yo era un error allí. Después estudié biología, hice una tesis doctoral y me gané mis galones. Acto seguido, renuncié a ellos y abandoné la biología. Hoy nadie me llama doctor, pero lo soy. Me marché del laboratorio con las manos vacías. Bueno, no. Me llevé a Ana, de la que nunca me he separado desde entonces.

Retomé mi costumbre de escribir historias, y mi página web sobre Kenya me abrió algunas puertas a colaborar en revistas. Mientras, di varios tumbos, algo imprescindible en el currículum de cualquier escritor. En mi caso, en lugar de sexador de pollos o vendedor de enciclopedias, fui cosas más sofisticadas y rocambolescas, como consultor (yo tampoco logré entender en qué consiste eso), técnico de I+D o gerente. Sí, gerente (¿?). Por el camino encontré alguna gente querible que se preocupó por mí más de lo que yo merecía. Y otra que no, como una persona que con el tiempo llegaría a ministra.

Me hastié de Madrid, una amante muy torpe, y me enamoré de Torrelodones, mi casa. Aquí vivo con mi mujer y mis hijos, el mayor éxito de mi vida.

Llegué a dedicarme a tiempo completo al periodismo de viajes. Fui redactor de la revista 'Lunas de Miel' y más tarde director de 'Viajando en primera' (suplemento de viajes del diario 'Cinco Días') y de 'VIB Visa Iberia Magazine'. Todas ellas, magníficas publicaciones en las que trabajé con compañeros excepcionales, pero en la empresa más desastrada y desgobernada que nunca he conocido. Aquellos días en la cuerda floja no podían durar. Finalmente, me despidieron. Mi primer hijo tenía cinco meses. Al poco, la empresa quebró. Nada que ver, claro.

Repartí mi tiempo entre la profesión de padre y la de escritor. Escribí 'El señor de las llanuras'. Y como nadie quería contratarme, decidí que debía también ganarme los galones de periodista, así que me matriculé en un máster donde casi doblaba la edad al resto de alumnos. Fui el becario más viejo de la galaxia. Al terminar, el periódico donde estudié no me quiso, pero otro sí lo hizo, hasta el punto de nombrarme jefe de la sección de ciencias. Allí, una querida compañera leyó mi novela. Le gustó. La envió a Plaza y Janés. La publicaron. Tantas vueltas da la vida que marea.