Puyehue

Javier Yanes


(Publicado en 'Lunas de Miel' nº17, invierno de 2006)

El vapor abría una cremallera de plata sobre la baquelita encerada del lago Puyehue. En su cabina, un hombre reía con los pies sobre un baúl mientras sacaba punta a una rama de ulmo con un cuchillo, y otro gobernaba el timón entornando los ojos encallecidos para adivinar la silueta ominosa de las islas Cui-cui. La noche era sólida como un bloque de betún y el motor de la lancha ronroneaba el tictac de un carillón afónico. “¿Y entonces qué le dijiste?” “Pues le dije que si lo que buscaba era cama, sin dudarlo yo era su hombre, pero si buscaba plata, entonces mejor íbamos y lo charlábamos tranquilamente en la cama”. “¡Ja, ja, ja!” Una pausa rajó el rumor acompasado del motor y el que manejaba la navaja dejó caer las botas al suelo. Con un gemido polvoriento de óxido, la maquinaria recobró su latido chirriante. “Cualquier día nos vamos a quedar tirados en mitad del lago. ¿Por qué tenemos que navegar a esta hora si no llevamos pasaje?” “Pues porque algún huésped del hotel podría estar esperando allí para embarcar a Entre Lagos. Y porque es nuestro trabajo. El día que construyan la carretera no tendremos que navegar con este frío, pero entonces, hermano, nos quedaremos en la calle tú y yo”. “Tienes razón, pero... ¿tú recuerdas cuándo llevamos al último pasajero?” “Sí, últimamente no hay mucho cliente. Pero es la temporada baja, ya sabes”. “No, no, en serio. ¿Tú te acuerdas del último pasajero?” “Pues... no, la verdad es que no. ¿Pero a nosotros qué nos importa, si cobramos igual?” “Tienes razón... pero es raro”. “Mira, ya se ven las luces del Refugio del Lago. Si hay alguien despierto a esta hora, seguro que nos están esperando para embarcar”. En su andar perezoso, el vapor hendió una media luna en el petróleo azul del lago para enfilar el embarcadero. El motor suspiró al extinguirse y las amarras se ensartaron en los postes del muelle. El del palito afiló la vista entre la negrura de la orilla. “Pues no veo a nadie”. “Y con este frío, ¿crees que van a esperar aquí? Estarán en el refugio. Voy a mirar. Tú échale un vistazo a esta vieja tartana a ver si se ha soltado otra vez el codo”. Saltó a tierra y se fundió en la oscuridad de fondo. El otro abrió la trampilla del motor. Las entrañas del barco regurgitaron un bufido de humo negro. “Vaya, otra vez se ha quemado”. Extrajo una mordaza carbonizada, fijó el codo en su lugar y lo ató con otro pedazo de tela nuevo. De repente escuchó unos pasos acelerados que se acercaban al barco. Su compañero apareció con el rostro desencuadernado. “¿Qué te pasa, hombre?” “No... no es posible. ¡No hay nadie!” “Pues hala, arranca y vámonos para casa” “No, no me entiendes. Nadie, nadie. Ni en el salón, ni en la recepción, ni en las habitaciones. Está todo vacío”. “¡Imposible! He visto luces encenderse y apagarse mientras estabas fuera”. “Pues te juro que yo no he sido, y no hay nadie. Esto no me gusta nada. Vámonos de aquí”. Encendió el motor y giró el timón para zarpar, al tiempo que su compañero cazaba las amarras. En ese momento una embestida de viento erizó la superficie del lago, al tiempo que empezaba a nevar. “Oye, ¿te has dado cuenta de que siempre nieva cuando zarpamos?” “No entiendo nada, nada. Estaba pensando... ¿Tú recuerdas cuánto tiempo llevamos aquí trabajando?” “¿Cuánto tiempo? ¿Qué quieres decir? Pues... No se me había ocurrido pensarlo. No tengo recuerdo de haber hecho otra cosa”. “Y en todo ese tiempo, ¿recuerdas la cara de algún pasajero? ¿Recuerdas haber visto a alguien más que a mí?” “¡Qué curioso! Pues... no. ¿Qué es lo que estás pensando?” “¿Y recuerdas... haber comido, dormido, tu familia, tu casa? ¿Recuerdas mi nombre?” “¡Ja! Pues claro que sí, tú... Demonios. ¿Qué nos está pasando? “No lo sé, no lo sé. Pero siento que siempre hemos estado aquí, y que siempre estaremos aquí, navegando de lado a lado del lago, eternamente. Creo que debemos estar... muertos”. “¡Por Dios, qué dices! ¿Muertos?” “Sí, muertos. No hay otra explicación”. “Oh... Oh... ¡No, Dios mío, no!...”

“Mamá, se han movido”. “¿El qué se ha movido, hijo?” “Las figuritas del barco. Se mueven”. “Sí, hijo, sí. Duérmete. Aún nos queda mucha carretera por delante hasta Santiago”. El coche se deslizaba veloz sobre el asfalto de la pista. Antes de recostarse en el asiento, el niño volteó una vez más la bola de cristal para contemplar cómo la nieve de corcho se revolvía en su interior y el barquito se deslizaba sobre el lecho de denso líquido azul hacia el extremo opuesto de su raíl.